Huellas

Mesa Redonda — La Doble Cultura como Factor de Éxito

Una mesa redonda donde Meri Ilich, presidenta de Casa Eslava, expone su experiencia personal desde que decidió salir de Serbia e instalarse con sus dos hijos en Barcelona. Reflexiona sobre los desafíos de criar hijos biculturales, la importancia de preservar las propias raíces mientras se integra en una nueva sociedad, y el camino que recorrieron sus hijos desde sentirse perdidos entre dos mundos hasta abrazar con orgullo su identidad dual como catalanes de origen extranjero.

Grabación de vídeo18 de abril de 2011
Transcripción

Buenas noches. Soy Meri Ilich. Siempre se habla de segunda generación o de jóvenes que no han venido por su propia voluntad, pero nosotros somos una excepción. Mis hijos tenían doce y nueve años. Yo estaba divorciada, trabajaba en otra ciudad y, cuando decidí salir —porque trabajaba en Naciones Unidas y tenía una panorámica mucho más amplia de la que podía tener otra gente de mi país—, pensé que no era correcto llevarme a los niños solo porque yo quería salir de este país.

No tenía horizonte ni para mí ni para mis hijos en aquel momento en Yugoslavia. Fui a visitar a mi exmarido con mis hijos y le dije: «Mira, yo me voy. No puedo más; no me siento bien, no encajo en mi propio país. Quiero intentar buscar en otro país». Decidí irme a Barcelona, pero pregunté a mis hijos: «Si os quedáis con papá, mamá os mandará dinero cuando pueda y os visitará. No os faltará nada y papá cuidará de vosotros. Si no, podéis venir conmigo, pero no sé ni qué me espera ni qué os va a esperar».

El niño que tenía doce años dijo: «Para un niño de mis capacidades, aquí no hay vida; quiero ir contigo». Y el niño de nueve años dijo: «Yo sin mi hermano no puedo vivir». Así que los dos vinieron conmigo. Hablaban inglés muy bien y serbio. Enseguida se incorporaron a la escuela, con castellano al principio; pero cuando empezó el catalán, durante tres meses, si la profesora no quería hablar ninguna palabra que no fuera catalán, el pequeño, de nueve años, venía a casa llorando. Yo no podía ayudarle, porque primero te mandan a un curso de español y no teníamos claro que era mucho más importante aprender catalán.

¿Qué hizo? En vez de entender, empezó a aprender de memoria. Las lecciones las aprendió de memoria hasta que en su cerebro se hizo un puente entre castellano y catalán. Ahora hablan tan bien uno y otro que, hace un año, entró un cliente en la tienda y empezó a hablar en catalán. Mis hijos le respondieron en catalán y él dijo: «Ay, perdona, me parece que me he equivocado, porque me dijeron que aquí hay una empresa de unos jóvenes extranjeros que trabajan muy bien en informática». Mis hijos dijeron: «Sí, pero nosotros somos catalanes de origen extranjero. Por eso hablamos catalán tan bien».

Pero este camino hasta llegar a hablar catalán tan bien y sentirse catalanes de origen extranjero ha sido muy largo y ha pasado por muchas subidas y bajadas. Para una madre sola con dos hijos ha sido una experiencia tremenda. Ahora puedo escribir libros y estoy orgullosa, pero mientras lo pasaba había muchas noches de lágrimas. Uno de ellos pasó por encuentros muy íntimos con drogadictos, droga y comunidad de ocupas; el otro pasó por un período de cerrarse en sí mismo, contra todo el mundo, porque nadie le entendía: ni su propia madre, ni su propio hermano, ni él a sí mismo.

Han sido dos extremos; los dos se perdieron el uno al otro en este camino como hermanos y, al final, volvieron el uno al otro. De Yugoslavia llevaban recuerdos de un país en guerra y el recuerdo de una familia destruida por el alcohol y la violencia machista. Aquí encontraron que nadie entendía que eran mucho más maduros que niños de su edad. A ellos no les parecía cómico lo que hacían los niños de su edad y, a sus compañeros de clase, no les parecía entendible lo que ellos hablaban y hacían.

Este niño, con doce años, empezó a ir a una escuela de actores, porque en Serbia también iba. Habíamos vivido en Malgrat de Mar, en un sitio de refugiados, durante un año, pero yo sabía que era muy importante que, aparte de la escuela, tuvieran actividades extraescolares. No podía dejar que tuvieran mucho tiempo libre sin saber qué hacer mientras yo buscaba trabajo.

Así que este niño iba a Barcelona, a una escuela inglesa de actores y de baile. Por suerte conseguimos una beca, porque la directora entendía que habíamos llegado allí con una ilusión maravillosa, pensando que íbamos a encontrar otras cosas y facilidades. El primer día que tenía que irse de Malgrat a Barcelona pasó media hora dibujando y explicando que «mamá no tiene dinero para pagar dos billetes, tienes que ir solo, la estación está a cuatro calles», etcétera. Después de mucho tiempo me hizo su confesión y me dijo: «Mamá, después de que un niño de trece años me ayudó a entrar en este tren, me senté debajo de un niño de quince años».

Este sobresalto, esta pérdida de unos años de niñez y de juventud, la llevan con ellos. A veces lo noto con tristeza y me siento culpable por traerlos. Y a veces lo veo con orgullo: son tan maduros, son tan buenos, y aquí han conseguido conocer una cultura que no es machista, o al menos que se da cuenta de que existe el machismo y lucha contra esto. Ahora, cuando hablan con sus amigos de Serbia que vienen de visita, les dicen: «Esto no se hace con mujeres».

Hay un psicólogo ruso, ahora no me viene a la mente cómo se llama, que dice que todo en la vida va en una espiral, hasta las crisis. Esperamos que esta crisis pasará con la espiral. Cuando llegan problemas, llegan, llegan, llegan y pasan; y cuando vienen buenos tiempos, también. Yo también notaba en mis hijos espirales relacionadas con la cultura.

Cuando llegaron, todo lo comparaban con lo que habíamos dejado: los edificios, la manera de ser, de vestir, hasta la manera de cotillear. Cuando hemos oído algunos cotilleos, ellos decían: «Pero Barcelona no es tan grande; la gente hace como la gente de pueblo de nuestro país». Después llegaron a otro punto, cuando todo lo catalán y español era mucho mejor que lo que habíamos dejado. Esto pasa también con adultos: primero tenemos mucha ilusión por el nuevo país; después, cuando nos centramos en los problemas, no tenemos trabajo y no vemos respeto, empezamos a querer mucho más a nuestro país, olvidándonos de lo malo que había allí. Lo mismo pasó con mis hijos.

Cuando entraron en esto de que son solo catalanes de origen extranjero, olvidándose de costumbres de allí y de todo lo que habíamos dejado, empecé a pensar que tenía que hacer algo. Sé que no vamos a volver, pero no quiero que pierdan lo que hemos traído, porque igualdad de oportunidades no significa olvidar todo lo que has tenido. Significa también tener la oportunidad de cuidar tus propias raíces, llevarlas contigo e incorporarlas en el nuevo país, porque la nueva Cataluña, la Cataluña actual, puede progresar solamente si todos unimos todo lo que tenemos: nuestras experiencias, nuestra sabiduría, conocimientos y raíces.

Pensaba: «Tengo que hacer algo, porque mis nietos no pueden crecer sin conocer sus orígenes». En el mismo momento, más o menos en los mismos meses, mis hijos estaban pensando qué hacer con sus vidas. Un hijo acababa de terminar un año de formación y no sabía qué iba a hacer. El otro terminó algunos estudios, tenía algunos trabajos y jugaba con la idea de montar una empresa de fast food balcánico: endeudarse con cien mil euros y montarla. Yo tuve mucho miedo, porque la comida nunca está segura y, si no conoces este trabajo, no.

Indirectamente, sin meterme mucho, al pequeño le dejé un año sabático para pensar, pero mientras tanto buscaba qué tenían en común los dos y qué les gustaba. Les gustaba la informática. Entonces decidieron montar una empresa de informática y diseño. Allí se encontraron, allí encontraron también su punto medio con Casa Eslava y sus orígenes, porque llevaban el trabajo de informática y diseño y empezaron con orgullo a hablar a sus amigos catalanes sobre sus orígenes eslavos.

Se necesitaba mucha, mucha paciencia para llegar a este punto: que los catalanes de origen extranjero no olviden sus orígenes y que, con la experiencia que tienen de sus países, también puedan aportar. Ahora lo que me queda es esperar poco a poco a mis nietos y tener esperanza de que en la enciclopedia o el diccionario de Cataluña la palabra «nouvinguts» cambie por «benvinguts», que seamos bienvenidos. Gracias.